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Cuaderno

Cómo elegir un libro. Ese momento incómodo

Anoche cerré un libro y me quedé unos segundos con él todavía entre las manos.

Ya está.

La última página. El último punto. Esa sensación extraña de saber que algo que me había acompañado durante días acababa de terminar y que, a partir de ese momento, tenía que buscarle sustituto.

Y ahí empezó el problema.

Porque cuando termino un libro que me ha gustado mucho, vuelve siempre la misma pregunta: cómo elegir un libro que esté a la altura del anterior. Como si no pudiera permitirme bajar el nivel. Como si cualquier elección equivocada fuese a estropear de alguna manera lo que acabo de sentir.

Tengo libros pendientes. Muchos. Más de los que probablemente debería reconocer públicamente.

También tengo listas guardadas, capturas de pantalla, recomendaciones apuntadas y títulos que alguna vez escuché en una conversación, en la radio, en un podcast o vi pasar por alguna red social.

El problema no es encontrar libros.

El problema es elegir uno.

Cómo elegir un libro cuando las sinopsis no ayudan

Así que hice lo que hago demasiadas veces.

Empecé a buscar.

Abrí alguna de esas listas que llevo meses acumulando y fui leyendo sinopsis una detrás de otra. Libros que, en teoría, deberían interesarme. Algunos incluso estaban ahí porque alguien me los había recomendado con entusiasmo.

Pero nada.

Leía el argumento y pensaba:

—No.

El siguiente.

—Tampoco.

Y otro.

—Ya veremos.

No sé si es culpa de las sinopsis o mía, pero muchas veces tienen justamente el efecto contrario al que deberían. Me cuentan de qué va el libro, pero no me dicen qué puede hacerme sentir.

Y últimamente eso es lo que más me importa.

Puedo leer que una novela trata sobre una familia que se reúne después de veinte años, sobre un hombre que regresa a su pueblo o sobre una mujer que recibe una carta inesperada. Muy bien.

¿Pero qué hago yo con eso?

A veces una historia aparentemente insignificante acaba destrozándome por dentro y otras, con un argumento maravilloso sobre el papel, me deja completamente indiferente.

Así que sigo bajando por la pantalla.

Descarto.

Guardo otro para más adelante.

Vuelvo al anterior.

Y termino entrando en ese territorio absurdo en el que cuantos más libros tengo para elegir, menos capaz soy de escoger uno.

Entonces se lo pregunté a alguien que sabe leer

Esta mañana terminé hablando de todo esto con una compañera de trabajo.

Ella lee muchísimo.

Pero muchísimo de verdad.

De esas personas a las que puedes mencionar un libro y normalmente lo han leído, conocen al autor o, como mínimo, saben perfectamente por dónde van los tiros.

Así que le conté mi pequeña crisis lectora.

Que había terminado el libro de la noche anterior. Que necesitaba empezar otro. Que llevaba un rato mirando títulos y que ninguno conseguía convencerme.

Y hablar con ella fue probablemente la decisión más útil del día.

Porque, en lugar de darme simplemente otro título para añadir a la montaña, empezó a contarme cómo elegía ella.

Una de las cosas que me dijo fue bastante sencilla: no obsesionarse demasiado con el argumento.

Buscar otra cosa.

La sensación.

¿Qué me apetece encontrar ahora?

¿Algo incómodo? ¿Algo divertido? ¿Una historia que me deje pensando? ¿Personajes que me acompañen durante días? ¿Una novela que me obligue a parar de vez en cuando?

Puede parecer una tontería, pero cambia completamente la pregunta.

Ya no es:

«¿De qué quiero leer?»

Es:

«¿Cómo quiero sentirme leyendo?»

También hablamos de algo que seguramente debería hacer más: abrir el libro.

Leer un párrafo.

Una página.

Dos si hace falta.

Porque a veces bastan unas cuantas líneas para saber si quieres seguir escuchando esa voz durante trescientas páginas.

Y luego está otro filtro que nunca había utilizado demasiado conscientemente: mirar quién publica el libro, quién lo traduce o incluso recordar qué editoriales me han llevado anteriormente a autores que terminaron gustándome.

Pequeñas pistas.

Nada infalible.

Pero quizá bastante más útiles que pasar media hora encadenando sinopsis.

Supongo que me he vuelto exigente

También puede ocurrir algo bastante menos sofisticado.

Puede que con los años me haya vuelto un lector exigente.

No necesariamente un lector mejor. Ni mucho menos.

Simplemente exigente.

Cada vez me cuesta más conformarme con un libro que simplemente «está bien».

No quiero leer por cumplir.

No quiero avanzar cincuenta páginas cada noche únicamente porque he decidido terminar un libro.

Quiero que me pase algo mientras leo.

Quiero encontrar esas historias que consiguen que piense en ellas mientras estoy trabajando, caminando por la calle o haciendo cualquier otra cosa que aparentemente no tiene nada que ver con la lectura.

Libros que hacen que alguna frase vuelva sola.

Que me obligan a cerrar un momento la página.

Que me hacen enfadarme con un personaje.

Que me engañan.

Que me emocionan.

Que consiguen que tenga ganas de llegar a casa para seguir leyendo.

Y claro, cuando uno busca eso cada vez que abre un libro, elegir empieza a resultar complicado.

Porque no todos los libros pueden ser memorables.

Ni deberían serlo.

Probablemente también necesitemos lecturas simplemente entretenidas, libros que pasan por nuestra vida sin hacer demasiado ruido y cumplen perfectamente su función.

Lo sé.

Pero luego termino un libro que me ha gustado de verdad y vuelvo a caer en lo mismo.

Quiero otro.

Otro que me agarre igual.

Otro que consiga que durante unos días todo lo demás tenga que esperar un poco.

Elegir también forma parte de leer

Después de la conversación de esta mañana he pensado que quizá estaba enfocando mal el asunto. Quizá cómo elegir un libro tenga menos que ver con encontrar el mejor y más con saber qué necesito leer en ese momento.

Puede que elegir el siguiente libro no consista en encontrar el libro perfecto.

Quizá se trate simplemente de escuchar un poco mejor el momento en el que estoy.

Porque también nosotros cambiamos entre una lectura y otra.

Hay libros extraordinarios que llegan en mal momento y no funcionan. Y libros que probablemente no aparecerían en ninguna lista de «imprescindibles» pero que aterrizan justo cuando los necesitábamos.

Así que esta vez voy a intentar complicármelo un poco menos.

Mirar menos listas.

Leer menos sinopsis.

Abrir más libros.

Leer alguna página.

Y escuchar qué me apetece encontrar ahora mismo.

Aunque sospecho que, cuando termine el siguiente, volveré exactamente al mismo sitio.

Con un libro cerrado entre las manos.

Y preguntándome:

¿Y ahora qué leo?

Por cierto, tengo curiosidad.

¿Cómo eliges tú tu próximo libro?

¿Tienes algún método, alguna manía o simplemente coges uno de la estantería y confías en la suerte?

Porque, visto lo visto, acepto trucos.

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