Lo que más me gusta de Juan José Millás es su capacidad para coger cualquier detalle aparentemente insignificante y empezar a darle vueltas hasta acabar en un lugar que resultaba imposible prever al comienzo. Una conversación, una persona, un recuerdo o una situación completamente cotidiana pueden abrir de repente una puerta hacia algo extraño, divertido o incluso ligeramente inquietante.
Durante la lectura me he preguntado varias veces cómo había conseguido llegar desde una reflexión aparentemente trivial hasta determinadas conclusiones. Ese recorrido mental es precisamente una de las cosas que más he disfrutado.
También me interesa mucho la forma en la que aparece la mirada del escritor. Millás parece observar constantemente el mundo como si cualquier cosa que sucediera a su alrededor pudiera convertirse en material narrativo. Leerlo permite asomarse durante unas horas a una cabeza que da la impresión de no dejar nunca de construir historias.
A esto se suma el juego permanente entre realidad y ficción. Hay momentos en los que resulta difícil saber cuánto pertenece a la experiencia personal de Millás y cuánto ha sido transformado por la literatura. Esa duda me ha acompañado durante buena parte del libro y es uno de los aspectos que más curiosidad me han despertado.
El paso del tiempo también ocupa un espacio importante. He encontrado a un narrador que mira con cierta resistencia la idea de hacerse mayor, cerrar etapas y aceptar que algunas cosas terminan. Debajo del humor y de las situaciones disparatadas hay una melancolía que aparece casi sin avisar.
La novela me enganchó muchísimo. La leí prácticamente en dos ratos repartidos en dos días, algo que para mí dice bastante sobre lo cómodo que me sentí dentro de su propuesta.
Precisamente por eso esperaba más del desenlace.
Llegué a las últimas páginas convencido de que Millás iba a sacar alguna última idea capaz de obligarme a reinterpretar todo lo anterior. Esperaba ese momento en el que una novela consigue hacerme explotar la cabeza. En mi caso, no ocurrió.
El final me dejó entre la perplejidad y cierta decepción. Con algo de distancia he encontrado interpretaciones que me parecen interesantes y que han mejorado mi percepción de esas últimas páginas, pero sigo quedándome claramente con el recorrido anterior.
Y ese recorrido compensa de sobra.
En esta reseña de Ese imbécil va a escribir una novela pesa mucho más todo lo que he disfrutado de sus divagaciones, su humor, sus obsesiones y su particular manera de mirar la realidad que mis reservas con el desenlace.
A veces una novela no necesita una trama gigantesca para mantenerme completamente dentro. Puede bastar con dejarme entrar unas horas en la cabeza de alguien.
Y la cabeza de Juan José Millás resulta un lugar bastante disparatado.
Por suerte.
Lo mejor
- La facilidad de Millás para transformar situaciones cotidianas en reflexiones inesperadas.
- Su humor y esa forma tan personal de llevar una idea hasta terrenos completamente imprevisibles.
- El juego entre realidad, memoria y ficción.
- La sensación de estar observando desde dentro el funcionamiento de la mente de un escritor.
Lo menos bueno
- El desenlace me dejó bastante más frío de lo que esperaba.
- Después de una novela que consigue introducirte tanto en su juego, esperaba unas últimas páginas con mayor impacto.
- Algunas interpretaciones del final me han resultado más interesantes con cierta distancia, aunque no han cambiado del todo mi primera impresión.
¿A quién lo recomiendo?
Se lo recomendaría especialmente a lectores de Juan José Millás y a quienes disfruten de novelas reflexivas, llenas de digresiones y juegos entre realidad y ficción.
También puede funcionar muy bien para lectores a los que les interese la figura del escritor, el proceso de convertir la experiencia cotidiana en literatura y las novelas donde importa tanto la forma de mirar el mundo como aquello que ocurre.
Quien busque una trama muy marcada o una historia que avance continuamente a través de grandes acontecimientos quizá encuentre aquí una propuesta menos convencional.