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Cuaderno

¿Qué me motiva leer?

Lo que me motiva a leer es lo mismo que cuando escucho música o elijo una película: según mi estado de ánimo.

Hay días en los que necesito historias que me saquen de mi rutina y otros en los que busco algo que me acompañe, pero sin exigirme demasiado. A veces quiero lecturas que me hagan pensar; otras, simplemente dejarme llevar. Nunca he conseguido entender la lectura como una obligación, ni como una lista de títulos que hay que completar para demostrar algo.

Soy un lector novel. Durante mis primeros pasos me interesaban especialmente los libros biográficos. Quizá porque me resultaban más accesibles: solo había una vida que seguir, una sucesión de acontecimientos, un personaje real al que acompañar desde la infancia hasta la madurez. La historia ya tenía un camino trazado y yo solo debía recorrerlo.

Las biografías me permitían entrar en la lectura sin sentir que tenía que descifrar cada frase. No sé si requieren menos comprensión lectora —probablemente esa sea una simplificación—, pero sí sentía que me daban más puntos de apoyo. Fechas, lugares, decisiones, éxitos y fracasos iban formando una especie de mapa.

Hasta que aparecieron otros textos.

Textos que, apenas empezarlos, remueven los muebles de sitio dentro de mí. Una frase es suficiente para entrar de lleno. Un párrafo puede acompañarme durante un buen rato. Lecturas que no se limitan a contarme lo que está sucediendo, sino a mirar de otra manera lo que pasa por mí.

Ahí empecé a alejarme de las biografías y a buscar una escritura más creativa, con más profundidad. Quiero libros que me alimenten, que me incomoden, que dejen una preguntas abiertas sobre la mesa. Libros capaces de reventarte la vida desde el principio, aunque después tengas que reconstruirla página a página.

Recientemente escuché un pódcast sobre la vida de Juan Ramón Jiménez, que por cierto recomiendo y lo puedes escuchar aquí. Me fascinó su historia, su personalidad y su relación casi obsesiva con la literatura. Terminé el episodio con esa sensación que dejan las buenas conversaciones: la necesidad de saber más.

Así que decidí comenzar Platero y yo.

Fui incapaz de terminarlo.

Admito que me cuesta reconocerlo. Pero al tratarse de una de las obras más reconocidas de la literatura española y después del podcast…

Pero no me enganchó.

¿Por qué me interesó la vida de Juan Ramón Jiménez y, sin embargo, no su obra más conocida? Una biografía ofrece movimiento, conflicto y transformación. Platero y yo, en cambio, propone otro ritmo: pausado, lírico, contemplativo. No avanza tanto por lo que ocurre como por la manera en la que el autor observa lo que ocurre.

Es un libro que se detiene.

Se detiene en un sonido, en una calle, en la luz de una tarde, en la presencia de un animal. Mientras yo buscaba una historia que me empujara hacia delante, Juan Ramón Jiménez me pedía que permaneciera quieto.

Tal vez ese fue el problema: no llegué al libro en el momento adecuado.

La lectura también depende del lugar emocional desde el que abrimos una página. Hay libros que nos encuentran inmediatamente y otros que pasan a nuestro lado sin reconocernos en el. Algunos regresan años después y parecen distintos, aunque las palabras sean exactamente las mismas.

También pueden pesar demasiado las expectativas. Cuando una obra viene rodeada de prestigio, premios y reconocimiento, uno comienza a leerla acompañado por una voz invisible que repite: «Esto tiene que gustarte». Y pocas cosas resultan menos propicias para disfrutar de un libro que sentirse obligado a admirarlo.

No terminar Platero y yo no significa que sea una mala obra. Tampoco significa que yo sea un mal lector (o si). Solo muestra que, en aquel momento, el libro y yo no hablábamos el mismo idioma.

Estoy aprendiendo que leer también consiste en reconocer esas distancias. En saber cuándo continuar, cuándo descansar y cuándo cerrar un libro sin convertir ese gesto en una derrota. Abandonar una lectura puede ser una forma de honestidad, siempre que no confundamos el «no me gusta» con el «no tiene valor».

Quizá vuelva algún día a Platero y yo. Tal vez lo abra en una tarde tranquila, cuando no busque acontecimientos ni respuestas, y descubra en sus páginas algo que ahora no he sabido ver. O quizá nunca llegue a conectar con él. Las dos posibilidades me parecen legítimas.

Porque leer no debería ser una prueba que debemos aprobar. Para mí, es una conversación. Y, como ocurre con las personas, no todas las conversaciones funcionan, aunque quien tengamos delante sea alguien brillante.

La pregunta no es cuántos grandes libros hemos terminado, sino cuáles han conseguido hablarnos de verdad.

¿Alguna vez has abandonado un libro reconocido y has sentido que el problema estaba en ti? ¿Volviste a intentarlo o decidiste que, simplemente, no era una lectura para ese momento de tu vida?

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